18 mayo, 2018

Vamos a quedarnos, al menos yo, no sé ustedes, desconozco sus colegas, ignoro qué será de sus admiradores, tampoco de los socios y simpatizantes del Barça, con la misma, idéntica, tristeza y, por qué no decirlo, dolor que se quedó él cuando papá José Antonio lo dejó en La Masia teniendo 12 años y abandonó su Fuentealbilla natal para convertirse, ¡digámoslo ya!, en el monstruo futbolístico que ha terminado siendo.

No sé qué dolor sintió él. Bueno, sí, lo ha explicado millones de veces y, cuenta, que hubiese podido llenar miles de lagos, inmensos, con todas sus lágrimas. Al menos la del primer año pues, luego, pese a su niñez, empezó, seguro, ¡menudo es!, a darse cuenta de que tanto sacrificio y dolor (de cabeza, de mente, de corazón, de sentimiento) había valido la pena.

Yo y muchos de ustedes, lo sé, lo sé, nos vamos a quedar como se quedó él al bajar del coche de su padre y cerrar la puerta de La Masia, que, por más acogedora que fuese en aquellos años, y humana, y cercana, y pueblerina, y acogedora, no era, desde luego, su casita de Fuentealbilla, ni aquellos profesores, entrenadores y cuidadores (cocinera incluida) su familia más cercana, aunque acabasen siéndolo.

Él ha relatado muy bien (y todos lo hemos vivido en nuestras propias carnes) cómo se quedó de solo, de aislado, de triste, el día que entró en la escuela de formación más impresionante que existe en el mundo. Pues bien, desde que anunció que se iba (¡y me da igual que se intuyese que era China y ha terminado siendo Japón!), yo he empezado a notar que mis pupilas ya no son las mismas y no por mi glaucoma, que también, sino porque notó que algo está cambiando en mi manera de ver el fútbol.

No lo miraré con los mismos ojos. Puede que solo sean unos meses. Me da igual. Como me importa muy poco que se vaya lejos, a Japón. Se va. Eso es lo que provoca dolor, que se vaya, no que esté lejos, muy lejos. Yo estaría igual de triste, de desencantado, de lloroso, aunque se quedase en su casa de Barcelona, junto a mis, sus, amigos de Estopa.

Ni siquiera me consuela que mi hermana Montse departa, de vez en cuando, día sí día también, como su padre y me envíe mensajes diciendo que esa familia está estupenda. Ese muchacho, que se cree demasiado mayor (o desgastado) como para seguir produciendo, minuto a minuto, tanta ilusión como genera su mente futbolística, como produce sus pies angelicales, como provoca su magia, ha decidido que debe cambiar de registro, dosificarse, jugar un partido cada semana (y no a muerte, como lleva años y años haciendo) y, aunque solo sea por cambiar el 4J por el buey de Kobe, se va lejos, nos deja.

Él ha contado mil veces que no tuvo más remedio que hacer aquel viaje que, pasados los años, sería interminable y, en efecto, perduraría en su cabeza. Quién sabe, me jugaría media vida o los pocos años que me quedan, que guarda la ropa que vestía aquel día en uno de los cajones de su armario favorito. Y hasta las palabras que le dijo el primer habitante de La Masia que le recibió.

Y él, que tiene grabado con dolor ese trayecto, ese aterrizaje en la sala de partos del Barça, entenderá perfectamente que muchos de nosotros pasemos mañana (bueno, insisto, yo desde que asistí a esa conferencia de prensa a la que no fueron, perdón, perdón, ni Leo Messi ni Luis Suárez) una noche horrible, demasiado sentida y sentimental, demasiado nuestra, como para que alguien que ni siquiera le ha rozado pueda entenderlo.

Yo y ustedes estamos de acuerdo con la sentencia de Jorge Valdano, que asegura que “el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importante”. Pero, claro, si hablamos de Andrés Iniesta, ¡vaya, ya sé me escapó el nombre del profeta!, el asunto cambia. Mucho. Demasiado. Lo cambia todo.

Sí, ya sé que me dirán que nos queda Leo Messi. Y, sí, tienen razón. Al fin y al cabo, la ‘Pulga’ también hizo el mismo trayecto que protagonizó don Andrés. Incluso vino de más lejos. Y, sí, también a los dos da gusto oírles hablar de su amor (demostrado, probado, plasmado en miles de momentos) por el Barça y lo que representa.

Puede que para ustedes sea un consuelo (aún) tener a Messi. Lo es para mí. Pero yo no he podido rozar a Messi. Y, sin embargo, si sé, de primera mano, lo que es que Andrés Iniesta te de la mano, te de las gracias y tú, ¡idiota de ti!, creas que formas parte de su mundo.

Nunca llegué a tanto, aunque lo soñé. Su fútbol, su magia, seguirá en Youtube. Pero yo, lo he perdido. Andrés ejercerá mañana de papá, se irá a Japón y me dejará en casa lloriqueando. Yo no soy un niño como era él entonces. Yo no sé si me recuperaré de esta.

Emilio Pérez de Rozas
Autor
Emilio Pérez de Rozas

Periodista. Subdirector de El Periódico de Catalunya. Colaborador de la Cadena COPE

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