3 diciembre, 2018

Fukuyama publicaba en 1989 el ensayo “¿El fin de la historia?” dentro del escenario optimista e idealista durante la administración G. H. Bush según la cual una nueva ideología política liberal y el capitalismo sustituiría el orden bipolar. Con la caída del bloque comunista europeo se iba a extender el sistema occidental de economía de mercado y la democracia liberal como modelo estable y último eslabón del nuevo orden mundial.

Lo ocurrido en las elecciones autonómicas en Andalucía es la prueba evidente de que España ya está a la altura de Europa y del nuevo orden mundial al incorporar en sus filas un partido que manipula a la sociedad –una vez más- a través del discurso del miedo y el rechazo hacia el “otro” amenazando el proyecto europeo comunitario. Así que no, Sr. Fukuyama, puede que el capitalismo perviva por los siglos de los siglos, pero no bajo el ideal democrático.

En Europa es palpable el malestar social y el profundo descrédito de las élites políticas incentivados por la corrupción y la sistemática conveniencia de someter los intereses nacionales al proyecto europeo que provoca un vacío moral y una crisis de identidad agravada con el movimiento migratorio y la pérdida de la calidad de vida.

Explica el historiador T. Judt que, después de la Segunda Guerra Mundial, Europa entendió que la estabilidad política y la reforma social para construir una sociedad moderna y próspera dependían de la recuperación económica, y que la democracia liberal era la única forma de gobernar.

Pero no sólo la democracia no nos ha traído un mundo más seguro, sino que estamos ante la pérdida del centro político y el crecimiento de la deriva extremista. El ciudadano necesita percibir que vive en un entorno seguro, por ello somos testigos del crecimiento del sentimiento antidemocrático a favor de los autoritarismos que prometen seguridad económica y personal a través del discurso xenófobo que rechaza al “otro”.

La conformación de una Europa diversa y heterogenia pero unida y sin conflictos bélicos desde la guerra de los Balcanes no ha evitado la pérdida de pluralismo político. Se rechaza a todo aquel que no comparte nuestros valores y sucede en países donde la economía no está en malas condiciones como es el caso de Austria, Alemania, Hungría, Francia o Italia. Y fuera de Europa tenemos los ejemplos recientes de EUA y Brasil. Qué rápido se olvida nuestro pasado más reciente.

Según Foucault el poder es una organización en red que circula y que permea todas los niveles de la sociedad pero que, a pesar de ser negativo y reprimir lo que se pretende controlar, parece inducir placer. El mismo placer que parecen provocar los autoritarismos del siglo XXI. Cada sociedad tiene sus propios regímenes de “la verdad” y sus “políticas generales” de verdad que la sociedad acepta y los hace verdaderos, como el rechazo al “otro”.

No podemos olvidar que la democracia es una construcción social que se transformará, si no lo está haciendo ya, en otra cosa. El malestar social, la manipulación del discurso xenófobo para infundir miedo como ha hecho VOX en España, como hizo Trump en los EUA o Bolsonaro en Brasil dejan la política en manos de la extrema derecha o izquierda gracias al carisma y discurso de sus líderes que sirven de catalizador de descontentos diversos. No se necesita un programa para ganar votos, los ciudadanos tampoco los exigen. La sociedad acaba admirando a estas personas que simulan parecerse a ellos, les hacen creer que son sus iguales y que tienen sus mismas preocupaciones.

Muchos intelectuales comunistas se desilusionaron con la causa durante la Guerra Fría cuando se dieron cuenta de que no erradicaba la discriminación ni la represión. Los tanques en Checoslovaquia así lo demuestran. Y parece que la historia se repite con el poco entusiasmo de esta Europa amputada con la salida del Reino Unido, la Turquía de Erdogan que actúa de espejo de la contradictoria identidad europea, una Rusia que jamás se ha sentido dentro de Europa, el rechazo sistemático hacia los países del Este y una estabilidad política amenazada por el discurso del miedo.

Desinterés por los asuntos europeos, percepción de que la UE no pertenece a los ciudadanos, hombres y mujeres sin rostro en Bruselas, euroescépticos por doquier. Siguen los partidos extremistas su efectivo discurso apelando a la seguridad ciudadana, lo que significa estar “dentro” y estar “fuera” de las fronteras imaginarias y oponiendo valores de uno y otro lado.

Adiós al proyecto europeo, el miedo ha vuelto.

Laura Sargantana
Autor
Laura Sargantana

Coach Certificada ACC ICF (Associate Certified Coach International Coach Federation): Profesional, Equipos y Liderazgo Sistémico. NLP Practitioner Coach (Programación Neuro Lingüística por la AUNLP)

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