Feminismo: ¿sinónimo de igualdad o de transgresión?

30 mayo, 2018

Lo reconozco, hasta hace muy poco, yo también renegaba de las feministas. Pensaba que eran todas feas, marimachos y lesbianas. Amargadas, resentidas, frígidas y que odiaban a los hombres. Que su código de vestimenta eran las camisas de cuadros masculinas y se oponían al maquillaje y a los tacones. Me escandalizaba cuando veía mujeres feministas protestando con los pechos al descubierto, pero nunca lo hice cuando veía mujeres desnudas en el cine, en la publicidad o en la playa.

Me sonaba tan mal la palabra “feminista” que me apunté a la moda de las Womanist, como si en inglés sonara más cool y no tan peyorativo.

¿Qué ha ocurrido para que ahora me increpen por estar escribiendo siempre sobre lo mismo? Que he tomado conciencia de lo que significa el feminismo. Incluso ahora me ofendo mientras me pregunto porqué a los que escriben día tras día sobre política o sobre deportes no se les cuestiona. La respuesta la tengo clara cristalina: feminismo no es sinónimo de igualdad, es sinónimo de pérdida de privilegios.

El feminismo existe porque representa la lucha en favor de la igualdad y al derecho de oportunidades y trato entre mujeres y hombres. Sin embargo, aún hoy provoca rechazo y transgresión entre hombres, y también entre demasiadas mujeres.

Se aventuraron unas pocas valientes en el siglo XV, las primeras que reflexionaron sobre la discriminación que sufrían. En 1791, Olympe de Gouges redactó la Déclaration des Droits de la Femme et de la Citoyenne parafraseando el texto de la Revolución Francesa. Gracias a las sufragistas del siglo XIX se reclamó el derecho a participar en la vida pública exigiendo el voto, el derecho a la educación y a un trabajo remunerado. Mientras, triunfaban los ideales burgueses y liberales que relegaban a la mujer al ámbito doméstico, privado y reproductor con el total apoyo de la Iglesia. El feminismo cayó en desuso durante demasiado tiempo hasta que en la década de los 70 se recupera el espíritu feminista contra la situación subordinada de la mujer para reclamar los derechos reproductivos y dejar de ser objetos para ser consideradas sujetos.

Pero no nos engañemos, todos estos logros históricos y jurídicos sólo nos han conducido a una igualdad formal, una simple apariencia. La realidad es que la verdadera revolución feminista no llegará hasta que tiemblen los cimientos de la estructura social occidental. Aún hoy, muchos hombres y mujeres siguen el modelo patriarcal, una construcción socio-cultural de los géneros en función del sexo biológico. Un sistema de dominación masculina legitimado históricamente por la religión y por una estructura social jerarquizada según el cual el hombre tiene privilegios civiles y políticos sobre la mujer, categorizada como ser inferior por su naturaleza y capacidad reproductiva.

Y con un plus añadido en el siglo XXI: aunque cada vez más mujeres tienen acceso al mundo laboral, sigue existiendo el “techo de cristal” y las cargas familiares y domésticas aún recaen sobre la mayoría de las mujeres. Por lo tanto, aunque las oportunidades laborales hayan aumentado, no estamos hablando de igualdad, ni de liberación económica, sino de una trampa mortal que se llama “doble carga laboral”.

Las redes sociales, el cine, la publicidad o los medios de comunicación contribuyen a alimentar y reforzar los estereotipos y valores del modelo patriarcal basados en la estética y la belleza que la mayoría de las mujeres siguen a pie juntillas. Llama la atención especialmente que las más jóvenes aún confiesen la necesidad de arreglarse para gustar a los hombres -sin plantearse la diversidad sexual- aún reconociendo que las mujeres pueden hacer las mismas cosas que los hombres, cierto, pero tienen que estar físicamente impecables. El patriarcado sobrevivirá aún algunas generaciones más.

No se trata de rechazar la belleza –ni a los hombres- sino de que la mujer deje de ser considerada un objeto y pase a la categoría de sujeto, que se pueda construir según sus valores y no siguiendo el manual de instrucciones y cánones del modelo patriarcal.

Y no solamente la mujer es víctima de un modelo que le asigna roles en función de su sexo biológico. También, aunque de manera más silenciosa, se habla de las masculinidades. Hombres que se han sumado a la protesta por sentirse damnificados por un sistema que les ha atribuido funciones que no han elegido.

Quizás uno de los grandes fracasos del feminismo haya sido la cantidad de corrientes teóricas y de movimientos. Sin embargo, todas tienen un objetivo en común, y no es abatir al hombre: es hacer conscientes a los hombres y a las mujeres la necesidad del debate y de la discusión en el contexto histórico actual. Si no entendemos que el patriarcado y el género son construcciones sociales que se sustentan, precisamente, en la creencia de que las categorías masculino/femenino están definidas naturalmente, no saldremos del bucle.

Puede que sólo sea una moda pasajera, pero creo que ha llegado el momento de reconceptualizar el feminismo como una herramienta capaz de romper los estereotipos y discriminaciones, a la vez que un motor de cambio social real para la construcción de una nueva ciudadanía.

Laura Sargantana
Autor
Laura Sargantana

Coach Certificada ACC ICF (Associate Certified Coach International Coach Federation): Profesional, Equipos y Liderazgo Sistémico

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