1 diciembre, 2017

Decía Josep Pla –ilustre periodista y escritor, profundo catalanista, sempiterno viajero, no nacionalista- que había dos palabras que definían con precisión a sus paisanos: seny i rauxa.

Esta vez la rauxa (arranque, arrebato) se ha impuesto y ha provocado que en Catalunya ciertos líderes hayan tomado una serie de medidas políticas cuyo contenido emocional no justifica la actuación de sus responsables. En todo caso y en busca de una lectura más positiva, estos mismos dirigentes reconocen que no disponen de una mayoría cualificada para conseguir su objetivo final: la independencia.

En el pasado ha habido varios intentos en pos de la misma meta que, como es sabido y notorio, han terminado más o menos igual, pero siempre ha quedado un rescoldo de incondicionales a la espera de una nueva oportunidad.
Sin embargo, por primera vez se dan dos circunstancias que pueden influir profundamente para alcanzar la tan ansiada mayoría cualificada que les permita allanar el camino de sus intereses. La primera es la enseñanza pública que, a tenor de las instituciones docentes, goza de un alto nivel y que hoy por hoy ya no puede ser acusada de adoctrinamiento, pues discurre en un estadio superior. Los alumnos aprenden que Catalunya es una nación como otra cualquiera, su mapa geográfico de referencia es el de sus cuatro provincias y su lengua materna y nativa es la catalana, más allá de que el castellano es obligatorio pese a ser considerado como otra lengua extranjera optativa y no merezca la consideración, poco compartida, de una segunda lengua.

El segundo condicionante es el control de los medios de comunicación públicos, y alguno privado, que ejerce la Generalitat. Se repite la metodología anterior, ya que la inmensa mayoría de sus trabajadores comparten la línea de las directrices políticas que impone el Govern. Su incondicional entrega solo es comparable a la del profesorado.

Si admitimos ambas hipótesis, parece cuestión de tiempo que en el Parlament de Catalunya se sienten 90 diputados independentistas amparados por el 60 por ciento de votos. Si esto sucediera, es evidente que los catalanes esgrimirían su incuestionable derecho a negociar su salida de España, aunque entonces con el famoso seny y sin tanta rauxa.

¿Podrían surgir alternativas que evitaran tan dramático destino?. La historia nos indica claramente lo contrario. Azaña les otorgó el Estatuto de Autonomía de 1931 y apenas poco después lo consideraron insuficiente. Facilitar un mayor autogobierno o acordar el concierto económico que condujeran a encajar Cataluña y España, serían medidas que los independentistas aceptarían encantados, pero solo hasta que hayan conquistado la mayoría cualificada.

Mientras tanto y como dijo Ortega, “el problema no tiene solución, solo cabe conllevarlo”

Jaume Cladera
Autor
Jaume Cladera

Ex conseller de turismo del Govern Balear

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