6 noviembre, 2019

El principio de autoridad es otro más de los valores no solo en desuso o clara decadencia, sino la derrota de la propia democracia pues no olvidemos que el voto que elige a quienes nos han de representar les imbuye al mismo tiempo de los recursos necesarios para hacerlo, es decir el mando, la jerarquía, la superioridad.

El menoscabo del derecho legítimo de mandar erosiona claramente el desarrollo y la convivencia sociales. Menores de edad agreden en las escuelas a sus profesores, delincuentes callejeros a las fuerzas de seguridad, los deportistas se imponen a las instrucciones de sus técnicos, los funcionarios campan a sus anchas cada vez con mayores prebendas y menos esfuerzo, los aprendices pasan de sus maestros y los hijos de sus padres;  y así en cualquier actividad salvo en los ejércitos, condición militar a la que no querríamos recurrir ni volver.

Pero no solamente nos referimos al poder que conferimos a las instituciones, organismos o políticos electos, como a cualquier otra clase de mando. El diccionario recoge otra acepción tan o más importante que estas como es el reconocimiento o la especialización en alguna materia, lo que catalogamos como autoridad moral, intelectual, espiritual o científica. En cada usuario de las redes sociales anida el deseo indisimulado de despreciar el grado de conocimientos de los demás sea cual sea la materia. Todos nos hemos sumado a la permisividad del público. Como en el fútbol, el aficionado más reciente sabe más que el entrenador y en cada uno de nosotros reina un gobernante mejor que aquel que ejerce.

Ya no hay límite entre la verdad y la mentira, la virtud o el pecado, el bien y el mal. Todos hacen y saben de todo durante todo el tiempo, lo que conduce al imperio de la mala educación y la falta de respeto. No es que hayamos acabado con la dictadura de la porra o el fusil, sino que hemos renegado del intelecto, el listo desbanca al inteligente y el pícaro al sabio.

Como explicaba Aristóteles a su joven discípulo Alejandro Magno: “Tu padre es el rey y, como tal, hace lo que quiere. Cuando él muera, tu serás rey y podrás gobernar como quieras. En democracia es el pueblo el que decide quien tiene que ser el rey que, una vez coronado, hace lo que le da la gana”. Ahora ya todos somos reyes y todos pretendemos hacer lo que queremos, pero esto ya no es democracia. No hay plebiscito que valga sin autoridad que lo avale.

Alejandro Vidal
Autor
Alejandro Vidal

Ex director regional de Antena 3 Radio y TV, Radio Voz y Radio Marca, premio Deglané y Antena de Oro de la AERP, y Premi al Esperit Esportiu del CIM

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