26 febrero, 2018

El hábito no hace al monje es una expresión española que quiere decir que a veces  las apariencias engañan . No porque una persona vaya con ropa deportiva  es un deportista de élite, ni porque lleve gafas es un erudito,  ni el que lleve buena ropa tiene que ser necesariamente rico, ni porque lleve una camiseta reivindicativa es de fiar.

A veces las apariencias engañan y cuando se desvela la mentira, se  utiliza  entonces la frase el hábito no hace al monje. Por más que uno se esfuerce en dar la apariencia de algo que no se es, nunca  llegará a serlo realmente.

Pero ¡he aquí! que si feminizamos la expresión resulta que “el hábito si hace a la monja” o eso resulta que es lo que parece pensar la exdiputada de la CUP en el Parlament de Cataluña Anna Gabriel con el cambio de look radical que ha hecho, cuando un cambio de look es algo que las mujeres siempre desean, pero un cambio radical es algo que pocas veces se atreven a hacer.

Ahora, en Ginebra, ha cambiado a su look original abandonando las camisetas reivindicativas de manga corta sobre camisetas de manga larga de color diferente, que llevó durante su época de cupaire en activo (cobrando 8000 euros al mes de nuestros impuestos) mientras se llenaba la boca de decir que: “No eran indumentarias de trabajo. Es como soy siempre”, y aparece luciendo sus vaqueros de 200 euros en el mismo parque por el que no es raro ver pasear a Iñaki Urdangarin y Cristina de Borbón. Paradojas de su nueva vida. Ella que era la que decía que sólo se pondría vestidos con lazos en carnaval, aparece con una chaqueta con capucha de SuperDry, con stillettos y medias de reja. Abandonando todo el furor libertario, todo el énfasis anticapitalista, todo el espíritu revolucionario, para terminar refugiada en el país de la banca, del chocolate y de los relojes de cuco.

El puño en alto de Anna Gabriel, esta vez le ha servido para olerse el sobaco, con el escueto trámite de pasarse la mano por el sobaco y la nariz y darse cuenta que el hedor catalanobatasunero ya no es bello. Esta vez le ha servido para detener un taxi y cruzar la frontera de Suiza en busca de un trozo de pared donde colgar los pósteres en los que aseguraba al electorado que resistiría hasta el final contra la represión (palabrería vana).

Le ha servido para esconderse en la capital del capitalismo salvaje que, si bien es cierto, inventó el reloj de cuco, también patentó el secreto bancario; que cobija indistintamente a deportistas ilustres prófugos de hacienda, mafiosos de ultramar, dictadores africanos, banqueros en espera de indulto, traficantes de armas, proxenetas universales, sátrapas de petróleo, señores de la guerra, narcotraficantes, políticos corruptos, cardenales de Dios y, desde ahora, prófugos del independentismo como ella, el mismo país alpino de acogida de capitalistas y de anticapitalistas y que se ha convertido, sin comerlo ni beberlo, en la residencia oficial de una infanta borbónica y una dirigente cupera. Realeza y lucha de clases. España y Cataluña. Aristocracia y revolución. Evasión fiscal y evasión judicial. Sangre azul y palabrería roja. ¡Que buen libretto para una ópera buffa!.

Atrás han quedado los tiempos en los que jugaba a la revolución con el iPhone en el bolsillo trasero del pantalón desarrapado. La exdiputada catalana, ahora huida en Suiza, que se la recordará por su poco femenina costumbre de tocarse la axila  y olerse, a continuación

la mano, por presentarse como “puta, traidora, amargada y mal follada”, y por declarar que: “Me satisfaría tener hijos en grupo, en colectivo” ha cambiado su habitual aspecto desaliñado de diputada proetarra por otro más suave y dulce, con su cuidada melena, el cabello suelto, poco maquillada, sin flequillo tipo hachazo, con peinado de pija, con peinado de señorita pepis (que disfruta jugando a ser mayor con planchas, cocinitas, bolsitos, pintalabios; todos los productos necesarios para parecerse lo más posible a su madre), los jerséis de punto, sus vaqueros de lujo Diesel a 200 euros la pieza, con su plumas negro y sosteniendo con cara de buena chica un gorrito de Nudie Jeans, marca de la diseñadora sueca Maria Erixsson.

En resumen: La Anna Gabriel de verdad es así, su imagen anterior era simplemente su “uniforme de trabajo”, un personaje creado para engañar a los ingenuos, pour épater le bourgeois (en español, dejar al burgués patidifuso, atónito)​​​, lo que corroboran sus fotografías de antes de convertirse en diputada y lo de dar su vida por Cataluña y la revolución era sólo una pose circunstancial.

MIQUEL PASCUAL AGUILÓ

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Miquel Pascual Aguiló
Autor
Miquel Pascual Aguiló

Abogado y Arquitecto Técnico

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