5 octubre, 2017

Quien tiene boca se equivoca. Pero mucho más si actúa bajo la presión de los nervios propios y ajenos. No me cabe duda que tanto el Rey en su discurso del pasado martes como el Presidente Puigdemont en el suyo de ayer consultaron con sus más allegados cada una de sus frases, cada una de sus afirmaciones. Muchos han sido quienes han reprochado a Felipe VI que omitiese una llamada al diálogo y a la negociación. Tal vez hubiese sido oportuno aunque ignoro si esa omisión fue consecuencia de que previamente hubiese contrastado la imposibilidad de sentar a los protagonistas en una mesa.  Ahora bien, el gazapo que ayer cometió el Presidente Puigdemont resulta incomprensible. Advertir que el movimiento de Cataluña es el primero de otros tantos que le pueden proseguir fue un error de inimaginables consecuencias. La Generalitat está pidiendo la intermediación de la Unión Europea. Puedo imaginar las caras de sorpresa de los líderes europeos al escuchar aquella frase: la del Gobierno belga pensando en la autodeterminación de las provincias flamencas; la del Presidente de la República italiana imaginando un referéndum en la Padania; la de la opinión pública francesa pensando en el Rossellón, la Cerdeña o Córcega. El etcétera es extensísimo. La prudencia de la lógica del Presidente Puigdemont parece que debería haber sido presentar el conflicto catalán como único e irrepetible. Sólo la presión y la premura explican semejante resbalón. Los tratados de la Unión Europea prevén la intermediación los altos organismos para conflictos entre los Estados miembros. El Gobierno español no puede acceder porque,  de lo contrario, reconocería la implícita condición de Cataluña como un Estado.  Parecería que nadie quiere dar el primer paso. Por su parte, la Generalitat es consciente de que si declara unilateralmente la independencia, la consecuencia es que el Gobierno invoque el art. 155 de la Constitución. Y, del mismo modo, si es el Gobierno quien da el primer paso y declara la intervención del art., 155, se arriesga a una movilización popular en Cataluña aún más multitudinaria que la anterior. Creo que todos estamos de acuerdo en que se impone el diálogo y la negociación, quizá con algún intermediario español con autoridad reconocida por ambas partes. El problema es determinar cuáles son las condiciones previas para iniciar ese diálogo, cuál sería el orden del día de semejante encuentro.

José María Lafuente

Abogado y catedrático de Derecho Constitucional por la Universidad de Girona

José María Lafuente
Autor
José María Lafuente

Abogado y catedrático de la Universidad de Girona

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar