2 octubre, 2017

Quizá muchos piensen que tan solo un día después del 1-O es muy difícil opinar desapasionadamente del conflicto catalán, pero les puedo asegurar que no me va a ser excesivamente difícil conseguirlo. Políticamente hablando, no soy un apasionado de Cataluña, como tampoco lo soy de una España unida. Entre otras razones, porque no puedo confiar en sus políticos respectivos y muy especialmente en aquellos que tuvieron y siguen teniendo responsabilidades de gobierno en los últimos cuarenta años. Conservo intactas mis opiniones, no crean, pero no un inútil apasionamiento, ya que tengo muy claro que el futuro está en manos de ellos en tanto en cuanto son -para bien o para mal- nuestros representantes legítimos. De ahí que mi pasión se encuentre bajo mínimos.

Hecha la aclaración, les diré que mi opinión sobre los protagonistas del conflicto catalán es tremendamente crítica, pues en él casi nadie ha estado a la altura de un país medianamente serio. En primer lugar, porque las posturas enfrentadas son una consecuencia de falta de diálogo a pesar de que ambas pregonan a los cuatro vientos que son tremendamente democráticas. Sin embargo, sea por lo que sea, casi todos dieron la espalda al mandato de la ciudadanía al tiempo que daban prioridad absoluta a sus mezquinos intereses. La prueba más palpable la tenemos hoy mismo: con el Estado a punto de romperse, Rajoy, Sánchez -y por supuesto Iglesias- solo piensan en sus futuros personales. Tan enfrentados políticamente, solo coinciden en lo de ser incapaces de ponerse de acuerdo en cómo atajar un secesionismo que se encuentra a la vuelta de la esquina. Veamos sus posiciones de hoy mismo.

El presidente del Gobierno sigue haciendo dejación ostentosa -y quién sabe si enfermiza- de sus obligaciones. En estos momentos estará reuniéndose otra vez con la oposición constitucionalista para intentar conseguir la aprobación de unas medidas que le negaron antes del referéndum grotesco de ayer. Cualquier cosa menos tomar las decisiones a las que está obligado como jefe del ejecutivo. Su actitud no revela nada nuevo. Si acaso, reitera comportamientos anteriores, cuando descargó en el Tribunal Constitucional, la Fiscalía del Estado, los jueces, la Policía Nacional, la Guardia Civil y hasta los Mossos una responsabilidad que era de su competencia si su decisión era abortar la consulta.

El jefe de la oposición, Pedro Sánchez, hasta el día de hoy ha venido adoptando una posición equidistante entre el nacionalismo y el constitucionalismo. Se enrocó en la petición a Rajoy y a Puigdemont instándolos a un diálogo que sabía imposible, instalándose de hecho en una ambigüedad que le descalifica como futuro inquilino de la Moncloa y olvidando que el nacionalismo es el peor enemigo del socialismo al que dice representar. Además, también se opuso frontalmente a la aplicación de la Ley al dejar bien claro que no aceptaría que el gobierno aplicara el artículo 155. Veremos si se mantiene en sus trece, porque en dos días se espera un órdago que lo harán inevitable, salvo que esté dispuesto a aceptar la política de los hechos consumados y ser como mínimo cómplice del desmembramiento de España.

Albert Rivera es quizá el único político que actuó con una cierta coherencia al apoyar e instar al gobierno a que actuara -para esto está el ejecutivo-, aunque también cayó en la trampa al mostrarse contrario a la aplicación del mencionado 155. Hoy ya ha tenido que rectificar, a la vista de los acontecimientos.

Pablo Iglesias, coherente con sus ideas antisistema, negó desde el primer momento el pan y la sal al gobierno -faltaría más- al tiempo que apostaba por el falso referéndum al que llamó “movimiento”, muy en su línea de conseguir en la calle lo que uno no puede lograr en las urnas. En eso coincide plenamente con las tesis de Puigdemont y es que la política, como suele decirse, hace extraños compañeros de cama. Menos mal que este personaje lo tiene ciertamente mal para ganar unas elecciones generales, porque si lo lograra, no sería descartable que estableciera un control sobre toda la ciudadanía, laminando a toda la oposición como está haciendo con los suyos.

Queda para lo último observar la forma de proceder de Carles Puigdemont, Oriol Junqueras Carme Forcadell y sus adláteres en el Govern. Quizá son los más listos. Después de que el independentismo camuflado de nacionalismo durante más de cuarenta años se hubiera aprovechado de las ambiciones desmedidas de los dos partidos hegemónicos, que le dieron lo que le podían dar y lo que no a cambio de gobernar en Madrid, llegaron a la conclusión de que eran ya casi un Estado. Ahora previsiblemente declararán unilateralmente la independencia, la que ya practicaron con la organización de la consulta. Poco importa que hubiera votos en la calle o sufragios duplicados y triplicados. Después de ver que las urnas llegaban llenas a los colegios, uno ya podía imaginar los resultados que anunciarían, hasta el punto de ser capaces de notificar solemnemente algo metafísicamente imposible: haber escrutado el 100.88 % de los votos.

¿Entienden ahora por qué uno pierde la pasión por su país, vistos los representantes que los ciudadanos hemos sido capaces de parir en las urnas?

 

Francisco Villalonga
Autor
Francisco Villalonga

Ex director regional del Banco Santander Negocios

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